100 AÑOS DE LIBER SEREGNI, FRENTE AMPLIO, A LA CALLE, CON LA GENTE


100 años de Líber Seregni

El 13 de diciembre próximo se cumplirán los 100 años del nacimiento del segundo general de la patria: Líber Seregni.


El primero, Artigas, fundó el ejército que sería la base organizativa del pueblo oriental, que permitió unir al pueblo tras un programa político independentista y de claro compromiso democrático, federal y muy avanzado en lo social. Sus derrotas militar y política, no fueron obstáculo para que siga siendo hoy la figura emblemática de la identidad oriental sin discusión; y su legado, fuente inagotable de nuestros valores.


¿Cuál es la dimensión histórica del general Seregni? No se exageró cuando se lo llamó “General del Pueblo”. Desde su irrupción pública como presidente de un Frente Amplio recién creado, en el acto inaugural del 26 de marzo de 1971, la sociedad uruguaya empezó a conocer a este militar que había sido propuesto, entre otros, por Zelmar Michelini, y aceptado por el conjunto de sectores y personalidades que parieron la mayor obra política de las clases subalternas desde 1830. Allí explicaba Seregni: “Sabemos que el Frente Amplio abre una etapa histórica en la vida de nuestra sociedad. Porque el Frente Amplio no es una ocurrencia de dirigentes políticos; el Frente Amplio es una necesidad popular y colectiva del Uruguay. Es un hecho colectivo, con razones colectivas, porque las resoluciones individuales de todos nosotros, tienen causas sociales y tienen metas sociales, porque tienen que ver con el destino entero de la sociedad uruguaya. Tampoco el Frente Amplio es una resolución circunstancial de partidos o grupos políticos; por el contrario, ellos han interpretado una exigencia que estaba en la calle; han dado forma y cuerpo a un sentimiento y a una urgencia de todo nuestro pueblo.”1

Como humanista cabal, de manera inequívoca planteaba en el mismo discurso: "Las bases programáticas son públicas y todos las conocen. Pero quiero fijar su orientación, el espíritu que las anima. Ante todo, el punto de partida, el criterio rector, y ése no puede ser otro que el hombre uruguayo, que es el capital más precioso de que disponemos.”2

Su vida fue de una fecundidad y una coherencia tales que se identifica naturalmente con el legado de Artigas, de quien se sentía discípulo. No murió en el exilio y en silencio como el prócer; pudo recobrar la libertad después de más de una década de prisión infame. Entonces, el pueblo se reencontró con un Seregni más sabio, más convencido de sus ideales, aun más artiguista y frenteamplista, y con estatura de líder nacional.


Demostración clara y permanente de que no todos los políticos son iguales como se repite, a veces irreflexivamente a nivel social y tan descarada y malintencionadamente por los poderes fácticos. En su último discurso en el Paraninfo de la Universidad, el 19 de marzo de 2004, a veinte años de su liberación, expresaba con humildad: “…Pero, mis amigos, todo lo que hice, lo bueno y lo malo, lo acertado y lo erróneo, fue a plena conciencia, traté de perseguir el paradigma de decir lo que se piensa y hacer lo que se dice.”3

Nos ayudó a pensar la política desde una dimensión mayor, como debe ser siempre, donde la ética no es parte decorativa del discurso sino esencia y guía del decir y hacer cotidianos, y nos recordó, también, la imprescindible ética de la responsabilidad que todo dirigente debe mantener.


El llamado inicial del FA a “los orientales honestos” sigue siendo una de las formulaciones más trascendentes para la izquierda uruguaya, tan propensa al sectarismo, al vanguardismo y al exclusivismo. Su prédica unitaria y su construcción de consensos fueron obras mayores que mostraron otra forma de hacer política y de consolidar alianzas: la construcción fraterna de síntesis superadoras capaces de operar en la realidad sin menoscabo de las diferencias genuinas.


Su silencio ante los torturadores y los sufrimientos personales, su temple ante las adversidades y su visión estratégica inigualable nos dieron a los frenteamplistas una fortaleza capaz de resistir todas las tempestades. Aun cuando fue derrotado en la propia interna, nos dejó una nueva enseñanza con su renuncia a la Presidencia del FA, al entender que una nueva realidad había nacido y que no sería él un obstáculo para mantener la unidad frenteamplista y habilitar un nuevo liderazgo.

Imaginó como nadie que el balotaje que pergeñaba malamente la derecha era una prueba de fuego definitoria para el FA: o llegaba con la mayoría del pueblo o no podría gobernar y transformar profundamente el país, a la vez que acotar la ley de lemas para lograr que cada partido tuviera un programa y un candidato únicos era no solo una mejora democrática sustancial sino una clave para avanzar.

Su trabajo programático al frente del Instituto 1815 no hizo más que confirmar su visión de estadista, su mirada profunda, democrática, republicana y de izquierda. Aportó sobre áreas fundamentales del país, juntó a figuras destacadísimas del quehacer nacional y fomentó un pluralismo enriquecedor que no hemos logrado volver a cultivar. Hasta el final, con su discurso en el Paraninfo a la Generación 83 y sus últimas palabras –a pocas horas de su muerte– a Tabaré y Danilo, siguió aportando para la histórica victoria del 2004; su deceso, el 31 de Julio de ese año, propició una gigantesca movilización popular que anticipó que su sueño se cumpliría en breve.

Fue un hombre de paz y de concordia. Pocas figuras emergen de nuestra historia tan respetadas y con una opinión tan unánime en este sentido.

Redescubrir a Seregni hoy es no solo justo sino necesario: el FA y el país necesitan repensar su situación con profundidad, seriedad y espíritu republicano. Hemos hecho grandes cosas en 12 años mejorando el país pero, también, muchos hemos cometido errores grandes y pequeños que no eran inevitables. Nos falta aún, tanto en el gobierno como en el FA, autocrítica pública, humildad, capacidad de retroceder y encontrar mejores caminos junto a los orientales honestos, que son la inmensa mayoría de nuestros compatriotas, como enseñó el General.

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